lunes, marzo 27, 2017

La enfermiza obsesión de Carl Tanzler


Carl Tanzler fue un radiólogo alemán nacido a mediados del siglo XIX, afincado en Florida, EEUU. Desde muy jóven mostró una extraña forma de ser marcada por la creencia de que el espíritu de una antigua ancestra suya le había mostrado el rostro de la que sería el amor de su vida, una mujer de larga cabellera negra y gran belleza. Convencido de que estaba escrito en el destino que apareciera dicha mujer tarde o temprano, Tanzler vivió a la espera. Fue entonces cuando, el 22 de abril de 1930, apareció en su consulta una mujer que coincidía con el recuerdo de aquel sueño obsesivo. La paciente era Maria Elena Helen-Milagro Hoyos, de origen cubano-estadounidense y con un diagnóstico de tuberculosis, algo peligrosamente mortal en aquel entonces. 


Convencido de que los designios de su fantasmagórica ancestra se habían cumplido, Tanzler se deshizo en atenciones hacia su paciente. Trató por todos los medios de sanarla y hasta se decidió a transportar sus aparatosos equipos médicos hasta el hogar de esta mujer para tratarla con más atención. El diagnóstico seguía siendo cada vez más desfavorable y las perspectivas de sanación eran del todo imposibles. Sin embargo, el enamorado y obsesivo radiólogo no cejó en su empeño no solo de curarla hasta el último momento sino, como era de esperar, también de cortejarla. Que se sepa no hay constancia alguna de que Tanzler fuera de modo alguno correspondido, sin embargo, no es poco común ver el nombre de María Elena Helen-Milago Hoyos junto al título de "amante" o "esposa" de Carl Tanzler. Fuera como fuera, el 25 de Octubre de 1931, esta mujer exhaló su último aliento en casa de sus padres, a los que un dolorido y atormentado Tanzler se ofreció para correr con todos los gastos de su entierro, que incluían la construcción de un mausoleo en el cementerio de Cayo Hueso.

No se sabe si el mausoleo era parte de su devoción convertida en obra arquitectónica o solo una manera de encubrir la forma retorcida en que tal obsesión por la mujer seguía retorciéndose en su mente. Lo cierto es que dos años después del fallecimiento de Maria Elena, su cuerpo fue extraído por su obsesivo admirador y llevado clandestinamente a su casa. 

En la noche de su secreto traslado, el trastornado radiólogo pudo contemplar el cuerpo de su amada, que no amante, postrado probablemente sobre alguna camilla improvisada en su hogar. Es dificil imaginar el horror de este hombre al contemplar la corrupción de todos los tejidos de María Elena, cuyo inevitable mal estado se afanó en reparar. Sus articulaciones fueron unidas de nuevo por medio de alambres y ganchos para la ropa mientras que sus ojos fueron reemplazados por ojos de vidrio. 


Su piel, deshecha por la descomposición, fue sustituida por una seda empapada en yeso de París, confiriéndole al cuerpo las facciones rígidas propias de una muñeca. Su cuero cabelludo fue cayendo poco a poco, cosa que Tanzler intentó remediar con una peluca que la madre de Maria Elena había confeccionado en vida de esta. 


El resto de las huellas del paso del tiempo los cubrió con medias y hasta con relleno de harapos para que su cuerpo conservara su antigua forma. 


En cuanto a otros efectos de la descomposición, el perfume se administró en grandes cantidades así como desinfectantes y todo tipo de productos químicos conservantes. 


Ocultar algo tan tenebroso no era fácil así que de alguna manera el rumor de la morbosa extracción del cuerpo de la joven llegaron a oídos de su hermana. Dispuesta a comprobar si tal cosa era cierta, dio con tan macabra evidencia en casa de Tanzler. Es dificil imaginar la cara y el espanto de la hermana de la difunta ya no solo por encontrarse con el cadaver profanado de su hermana sino por el hecho de encontrárselo convertido en una especie de muñeca bizarra terrorífica.

Tras denunciarlo, el anciano radiólogo fue llevado a dependencias psiquiátricas y examinado con el extraño e incomprensiblemente veredicto de que estaba lo suficientemente cuerdo para afrontar un juicio. Finalmente sería liberado pues según la ley, el delito ya había prescrito. El cuerpo de Maria Elena, sin embargo, fue examinado y sepultado de nuevo en un lugar completamente secreto para evitar futuras andanzas de este hombre.

¿Quieres saber un detalle más sobre el caso? Al parecer la devoción de este insólito enamorado no acababa en la convivencia de este con el cuerpo de ojos de vidrio de su amada. Según informan algunas fuentes, el examen llevado a cabo al cadáver mostró un tubo metálico cubierto de seda en su vagina, conducto por el que se presupone que Carl Tanzler tuvo actividades sexuales necrófilas con el adulterado cadáver de la mujer.

Hoy en día hay numerosos fans de Carl Tanzler que lo admiran al verlo como el ejemplo más extremo de enamoramiento. A mi sinceramente si ya me hace vomitar la parafernalia de San Valentín y derivados no sabría como explicaros lo que puedo pensar de este extraño caso.

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