miércoles, febrero 15, 2017

Jesse Pomeroy, el sádico infantil


Hay quienes piensan que los asesinos en serie se hacen, otros que nacen, pero en muchos de estos criminales es absolutamente imposible saber donde surge su lado más putrefacto.

Jesse Pomeroy nació el 29 de Noviembre de 1859 en el Estado de Massachusetts, EEUU. Su madre, Ruth Pomeroy, era una sufrida mujer que protegía celosamente a sus hijos en extremo. Su padre, Thomas J. Pomeroy, era, sin embargo, un despreciable sádico y alcohólico que descargaba su ira sobre Jesse y su hermano, dos años mayor que él. En el entorno familiar era muy común que su padre los llevara a una cabaña en la que los desnudaba, abusaba de ellos y los apaleaba furiosamente hasta que por fin se sentía saciado.


Muy probablemente este tipo de episodios generaron en el pequeño Jesse un carácter ajeno a todo tipo de empatía y una enfermiza atracción sexual por el dolor ajeno.

Entre 1871 y 1872 Jesse Pomeroy comenzaría su actividad. La primera de sus víctimas fue William Paine, un niño de cuatro años al que atrajo hacia una cabaña donde fue colgado por las manos y golpeado hasta dejarle el cuerpo completamente herido.

Su siguiente víctima, Tracy Hayden, de siete años, fue atado y torturado hasta que quedó con varios dientes rotos, heridas por todo el cuerpo y fuertes amoratamientos faciales.

Durante todo este tiempo la policía estuvo a la búsqueda del sádico que perpetraba esta clase de actos, sin embargo, la mayoría de las veces persiguieron pistas falsas debido a descripciones muy confusas dadas por los niños torturados.

En ambos casos las víctimas quedaron con vida aunque con grabes secuelas psicológicas. Por si fuera poco, las retorcidas andanzas de este individuo comenzaron a tornarse cada vez más sofisticadas. Robert Maier, de ocho años, fue la primera víctima que sufrió de un abuso físico en el que mezclaba la religión con fuertes desviaciones sexuales. Fue así que la víctima fue desnudada y golpeada brutalmente con una vara mientras era obligada a maldecir. Entre los lamentos desesperados de Maier, su agresor se masturbaba frenéticamente.


El cerco comienza a estrecharse, las denuncias se acumulan y los rasgos del perturbado empiezan a detallarse cada vez más. Su madre Ruth sospecha que el niño sádico del que habla todo el mundo podría ser su hijo, al que como dije, protegía en extremo. Fue por esta razón que decidió mudarse con sus hijos al sur de Boston, lejos de los lugares que el joven criminal frecuentaba. Para ese momento ya habían carteles con su retrato y una recompensa de 500$ para quien ayudara a las autoridades a dar con él.

Las atrocidades seguían su escalada. Es entonces cuando el pequeño George Pratt fue desnudado, atado fuertemente con una correa y atravesado varias veces con una larga aguja que Pomeroy llevaba consigo. Al pequeño, incluso, le intentó atravesar un ojo con dicha aguja, cosa que no logró al encogerse en posición fetal. Hacto seguido, Pratt recibió un fuerte mordisco de su agresor, tras lo cual, este huyó.

Las víctimas seguían en aumento y las armas comenzaban a ser más peligrosas. Así pues de las agujas pasó a las navajas y a intentos de mutilación genital, agua salada sobre heridas y puñaladas. Y lo que es más extravagante, Pomeroy empezaba a obligar a sus víctimas a entonar oraciones religiosas llenas de obscenidades mientras se masturbaba escuchándolas.

Finalmente una de sus víctimas logra reconocer a Pomeroy cuando este pasa cerca de la comisaría donde le tomaban declaración. Inmediatamente es arrestado y tras declararse inocente queda en el calabozo hasta que se derrumba y acaba confesando. Es declarado culpable y encerrado en régimen de aislamiento hasta su mayoría de edad.

Viendo al reo más como un paciente psiquiátrico que como a un criminal, le fue conmutada la pena dos años más tarde, teniendo él tan solo 14 años de edad. La única condición fue la de que estuviera bien vigilado por su hermano mayor y por su madre. Estos ya habían conseguido un trabajo estable, Ruth, su madre, regentaba un modesto negocio de costura y su hermano mayor como vendedor de periódicos.

Menos de un mes después de su liberación una niña de 10 años, Katie Curran, apareció por la puerta del negocio materno preguntando por un cuaderno de notas. La incauta familia de Pomeroy que confiaba excesivamente en Jesse, le había dejado solo en el local.

Ahí estaban ellos dos cara a cara, una indefensa niña que no era capaz de imaginar con qué clase de ser estaba hablando, y una bestia para la cual ahora mismo sobran presentaciones. Muy probablemente se hizo un silencio muy denso cuando Katie preguntó inocentemente a Jesse, un silencio roto cuando este le replicó diciendole que sí, que tenía el cuaderno en el sótano y que le acompañara a por él.

Ambos bajaron en silencio las escaleras, ella delante, y Jesse detrás. Es de sospechar que por un momento Katie tuvo que notar que algo grave estaba por suceder, sin embargo fue en un rápido instante cuando brazo de Pomeroy la inmobilizó mientras con el otro la degollaba brutalmente. Su cadaver quedó en el suelo en un charco de sangre. Sangre cuyas salpicaduras Jesse se limpió con la frialdad con la que alguien se limpia unas manchas de café. Cuando la familia de nuestro inquietante protagonista volvió se lo encontraron tranquilo, como si nada hubiera ocurrido.

Poco después, un niño de cuatro años, Horace Millen, fue engatusado por Jesse Pomeroy con la promesa de unos pasteles. Tras pasar por una pastelería Horace caminó por una zona pantanosa en compañía del que creía que era su nuevo amigo.

El pobre niño habría sido cosido a puñaladas por todo el torax y, también, con particular ensañamiento, en el escroto y en un ojo. Pocos días después su cuerpo sería encontrado por unos niños que jugaban a la pelota por aquel lugar.

Nada más tuvo constancia la policía fueron directos a casa de Jesse Pomeroy a detenerlo. El interrogatorio no fue muy complicado, pues el niño se derrumbó y confesó haber sido el asesino de Horace, motivo por el cual fue condenado.

Esta detención originó que los clientes dejaran de acudir a la tienda de su madre, por lo que este cerró. Solo hay que imaginar la cara de terror cuando, tiempo después, al reformar el local, unos operarios se encontraron con el cuerpo de la pequeña Katie Curran. Sí, el cadaver no fue movido por nadie desde que calló al suelo tiempo atras, y tan avanzado era su estado de descomposición que practicamente nada pudo determinar el forense sobre su muerte y posibles torturas.

El juicio fue polémico, la Corte Suprema del Estado de Massachusetts determinó que la condena debía ser a morir por la horca. Sin embargo, ningún gobernador se atrevía a firmarla por las consecuencias políticas que le podría traer siendo el condenado tan joven.


Finalmente, Jesse Pomeroy fue condenado a cadena perpétua completamente aislado de la población reclusa. En 1929 fue sacado de ahí y llevado a cumplir con el resto de su condena en un hospicio de la policía.

Jesse Pomeroy murió el 29 de septiembre de 1932 entre enfermedades que lo postraron en una indigna agonía. Jamás, durante todo su cautiverio, mostró signo alguno de arrepentimiento.

No hay comentarios: