lunes, julio 04, 2016

Radiactividad a la venta


Como ya ha ocurrido en otras épocas, el descubrimiento de una misteriosa fuerza de la naturaleza de la que aún no se sabe mucho despierta todo tipo de conjeturas y fantasías absurdas. Ocurrió con la electricidad, ocurrió con el magnetismo, ocurrió con la radiactividad, y, actualmente, ocurre con la física cuántica. 

De todas estas fue obviamente la radiactividad la que más vidas se llevó. Esto fue debido nada menos que al hecho de que el letal influjo de los isótopos se embotelló, empaquetó, etiquetó y vendió como un producto habitual en droguerías y farmacias de Europa y EEUU a principios del siglo XX.

Durante un tiempo irradiarse fue una moda de gente a la última sin saber que cargaban sobre auténticas bombas de relogería.

Este es un breve resumen de las guadañas que tanta gente pendió sobre su salud creyendo estar mejorándola.


Radithor

William Bailey fue un siniestro personaje oriundo de Nueva York, donde constituyó una empresa de importación y exportación. Pasa por varios negocios de dudosa catadura, entre ellos la comercialización de un remedio contra la impotencia que lo lleva a la cárcel por usar sustancias venenosas como la estricnina. Con el descubrimiento de los Rayos X y de sus extraños efectos aparece la teoría del método blando, una terapia que conjuga la administración  de pequeñas dosis de radio con el ejercicio físico y la exposición al sol para remediar determinadas dolencias. 

Es entonces cuando Bailey comienza a vender sus productos radioactivos tales como caramelos, pomadas y artefactos de todo tipo, entre ellos el Radithor, unos frasquitos con una pequeña cantidad de agua irradiada.. 


Este es Eben Byers, prestigioso atleta y golfista multimillonario estadounidense. Durante la década de 1918 a 1928 fue un consumidor entusiasta del Radithor, producto que ya llevaba una larga lista de damnificados por intoxicación. Debido probablemente al efecto placebo, ese autoengaño inconsciente por el cual una persona se siente mejor si cree haber tomado una medicina que supuestamente le ayuda, Byers se sentía rejuvenecido y con más fuerza que nunca. Se calcula que llegó a consumir cerca de 1400 dosis que al cabo de un tiempo acabaron pasándole factura. 

Eben Byers comenzó a perder peso muy aceleradamente, sus dientes se aflojaban y caían y tenía un dolor atroz en sus huesos. Uno de los huesos que más sufrió el paso del letal producto, comenzó a desmenuzarse en un sinfín de pedazos deformando la cara de su propietario. El diagnóstico era claro, intoxicación por radio.


Este fue el resultado de la alta exposición de Byers al Radithor.

Pasó poco tiempo desde que se tomara esta foto hasta que Byers muriera. Para entonces no podía ni tenerse en pie dada la letal demolición de su esqueleto, a la cual hay que sumarse que su propio cráneo estaba, literalmente, agujereado. 

El resultado de esta muerte fue la inmediata prohibición de los laboratorios de Bailey y el encarcelamiento de este. 


Tho-Radia

Con este nombre tan sugerente se dio a conocer una empresa cosmética francesa, la cual, vendía desde maquillaje hasta dentífricos. La publicidad de sus productos hacía referencia una y otra vez a Alfred Curie, esposo de Marie Curie y codescubridor de los efectos del Radio. 


Tan solo el cartel de uno de sus productos, en el que la crema facial parece estar iluminando con su propia luz a una mujer que aparece desde la oscuridad, ya es algo en extremo siniestro. 

Jarras


Durante años se vendieron jarras para irradiar el agua que cada día consumían familias enteras. El reclamo era el siguiente: 

Bebe tranquilamente cada vez que tengas sed hasta completar una media de seis vasos al día. Los millones de rayos penetran en el agua para formar ese saludable elemento que es la RADIO-ACTIVIDAD. Al día siguiente, toda la familia dispone de seis litros de auténtica y saludable agua radioactiva.


En la foto una estudiante de la Mount Saint Mary´s University comprueba que una de estas jarras aún muestra niveles de radiación bastante altos. Lo peor de todo, es que muchas de las jarras que quedan aún han sido adquiridas por eBay por precios que rondan los 100 a 200$.

Doramad


Es muy sabido que durante la II Guerra Mundial los nazis implementaron todo tipo de artilugios, experimentos y ciencias infernales. Lo peor es que a esto hay que sumarles algunos inventos que simplemente estaban de moda en todo el planeta. La pasta de dientes radioactiva no fue un invento nazi pero se conserva una marca que ellos hicieron famosa, la pasta Doramad. En su publicidad aseguraban que era un eficaz desinfectante que mataba todas las bacterias y proporcionaba una sonrisa "radiante".



Radiendocrinator

Entramos en la parte grotesca con un artilugio muy simple. El radiendocrinator, inventado también por William Bailey, era un pequeño aparatito con la forma de una pitillera que debía colocarse bajo el escroto por las noches. Sus efectos eran supuestamente los de beneficiar de alguna manera al aparato endocrino. Y no, no quiero saber cuales fueron los efectos. 


Supositorios radioactivos

Sí, también para la vía rectal hubo radiación, y si no quise saber cómo acabaron los usuarios de la radioactividad escrotal, tampoco quiero saber de los que se metieron cosas radiactivas en el culo. En concreto estos supositorios fueron hechos para hombres carentes de vitalidad sexual que quisieran recuperarla.

Las victimas de este uso y abuso de la radiactividad fueron muchas y aunque en muchos casos falta información sobre el número de víctimas es de suponer que fueron más de las que se piensa. Por una parte la causa fue un gran desconocimiento junto con una extraña fascinación mundial hacia lo radioactivo. Por otra parte, todo hay que decirlo, parte de la culpa la tiene el afán de lucro. Las autoridades sanitarias públicas de muchos países a menudo tuvieron que lidiar con las autoridades económicas que ponían pegas a la hora de sacar de circulación un producto u otro. En algunos casos fue necesario que una celebridad millonaria como Eben Byers saliera en los medios de comunicación de masas con la mandíbula destrozada para que se pusieran las cartas sobre la mesa. 

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