jueves, noviembre 13, 2014

Carta de los Cosacos zapórogos al Sultán de Turquía

Los cosacos, ese pueblo indómito y militarista que tanto se identifica con la Historia de Rusia, protagonizó una vez una de las anécdotas más estrambóticas de la diplomacia internacional. Me topé con esta anécdota cuando, hace años, buscando yo información sobre la Historia de Rusia, encontré el que hasta la fecha es para mi el cuadro más gracioso del Mundo, pero prefiero ponerlo más abajo, justo al lado del texto que protagoniza la pintura.


Iliá Repin recién levantado o algo.

Busco y rebusco para subirlo como portada a mi facebook y es entonces cuando me entero de que el cuadro fue pintado por el pintor Iliá Repin, nacido en Rusia en 1844 y fallecido en Finlandia en 1930. Al ver la pintura me dije que claramente parecía que había un pobre tipo en el centro intentando escribir una carta mientras el resto de personajes no paraba de contarle chistes de pollas, y mediana fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que, en efecto, eso era lo que en el cuadro estaba sucediendo.

La obra se titula Cosacos zapórogos escribiendo una carta al Sultán. La historia detrás del lienzo es la del sultán Mehmed IV, emperador otomano quien ocuparía las islas Egeas, quien combatiría exitosamente contra transilvanos y polacos y quien estaría a punto de conquistar tierras de Polonia y Ucrania... pero ay amigo, tuviste que toparte con los tipos más chungos del Este Europeo de la época, los cosacos de Zaporozhia, región del Este de la actual Ucrania.

Los cosacos son una gente peculiar, un pueblo a cuyos hijos educan desde edades muy tempranas para que vivan bajo la disciplina militar. Diestros en las armas, la doma de caballos y las más duras chunguedades que el rigor de un ejército requiere, los cosacos zapórogos supusieron un tope al avance militar del Imperio Otomano en la mencionada región, lo cual motivó a Mehmed IV a enviar una de las cartas más pomposas y absurdas que se han escrito jamás:


Mehmed IV pensando en si mismo y en su propio carisma

Como Sultán, hijo de Mahoma; hermano del sol y de la luna; nieto y virrey de Dios, gobernante de los reinos de Macedonia, Babilonia, Jerusalén, Alto y Bajo Egipto, emperador de emperadores, soberano de soberanos, extraordinario caballero, nunca derrotado; firme guardián de la tumba de Jesucristo, delegado del poder divino, esperanza y confort de los musulmanes, cofundador y gran defensor de los cristianos,... Les ordeno, cosacos zapórogos, a someterse a mí voluntariamente sin resistencia alguna, y cesar de seguir incordiándome con vuestros ataques.

Sultán de Turquía Mehmed IV

Ante semejante derroche de pedantería sin parangón en el planeta, los cosacos, tras aliviarse de unas a buen seguro estruendosas carcajadas, le dijeron al mensajero que, por favor, esperara a que ellos redactaran una respuesta para tal misiva. Es ese el momento que queda inmortalizado en el mencionado cuadro y cuya respuesta fue la siguiente:


Sí, este era el cuadro

¡Cosacos zapórogos al sultán turco!

Oh sultán, demonio turco, hermano maldito del demonio, amigo y secretario del mismo Lucifer. ¿Qué clase de caballero del demonio eres que no puedes matar un erizo con tu culo desnudo?. El demonio caga, y tu ejército lo come. Jamás podrás, hijo de perra, hacer presa a hijos cristianos; no tememos a tu ejército, te combatiremos por tierra y por mar, púdrete.

¡Despojo babilónico, loco macedónico, copero de Jerusalén, follador de cabras de Alejandría, porquero del alto y bajo Egipto, cerdo armenio, ladrón de Podolia, catamita tártaro, verdugo de Kamyanets, tonto de todo el mundo y el submundo, idiota ante nuestro Dios, nieto de la serpiente y calambre en nuestros penes. Morro de cerdo, culo de yegua, perro de matadero, rostro del anticristianismo, follate a tu propia madre!

¡Por esto los zapórogos declaran, basura de bajo fondo, que nunca podrás apacentar ni a los cerdos de cristianos. Concluímos, como no sabemos la fecha ni poseemos calendario; la luna está en el cielo, es el año del Señor, el mismo día es aquí que allá, así que bésanos el culo!

Koshovyi Otamán, Ivan Sirko, y todos los zapórogos

Desconozco como fue la recepción del mensaje por parte del sultán o si este fue motivo de represión alguna contra el mensajero, el traductor o la infortunada alma a la que le tocara leerla en voz alta ante el mencionado emperador y toda su corte, pero eso ya es otra historia.

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