jueves, septiembre 05, 2013

Oliver, el humancé



En 1960 el matrimonio formado por Frank y Janet Berger, quienes regentaban una escuela de adiestramiento de simios para cine y televisión, recibieron un ejemplar bastante fuera de lo común. El ejemplar fue llamado Oliver y era un chimpancé capturado en lo que hoy es la República Democrática del Congo. Pronto Oliver comenzaría a llamar la atención, por alguna extraña razón olía diferente a los demás chimpancés del lugar, los cuales lo repudiaban. Él, sin embargo, no daba muestra alguna de sentirse marginado, es más, parecía preferir el contacto humano.

Oliver tenía la cabeza pelada y algo más pequeña en relación con el resto del cuerpo, una boca mucho menos prominente y las orejas puntiagudas. Su nariz era también muy pequeña y su mandíbula mucho menos marcada. Prefería caminar de forma completamente erguida, los chimpancés pueden hacer esto durante un tiempo muy corto, e imitaba en todo las costumbres humanas por propia voluntad.

Se sentaba y veía la televisión junto al matrimonio Berger y de hecho hasta fumaba. En la casa en la que vivía su comportamiento era tan humano que hasta se lavaba las manos antes de comer e incluso tenía sus tareas domésticas asignadas.


Un simio de su especie habría podido aprender esas costumbres pero solo a base de haber sido forzado mediante castigos y recompensas, y aún así las haría con muy poca destreza.
Oliver en cambio parecía sentirse más cercano a los humanos que a los chimpancés y de hecho este sentimiento era recíproco pues no pocos humanos veían al susodicho como una presencia inquietante. Basta con echar un vistazo a su foto para entender que Oliver no es un simio como los demás.


Pasó el tiempo y el matrimonio Berger tuvo que deshacerse de él, Oliver ya era adulto y en lugar de preferir a las hembras de su especie se dedicaba a acosar sexualmente a Janet Berger de un modo insoportable.

Fue entonces cuando, al tratar de sacarselo de encima, Oliver acabó siendo conocido por un abogado que lo acabó dando a conocer a diferentes medios de comunicación. Así pues Oliver acabó siendo clasificado por los medios como un humancé, cruce biológico de humano y chimpancé, vamos, el resultado de alguna noche demasiado loca en el corazón del Congo. Su anatomía fue estudiada en Japón y para muchos acabó siendo el famoso eslabón perdido, para otros incluso el bigfoot.


Sin embargo, tras la fama, Oliver acabó siendo vendido a unos laboratorios de esos que hacen pruebas con animales para cosméticos. Encerrado en una jaula en la que no podía ni ponerse de pie durante más de 10 años, Oliver fue encontrado y rescatado de las garras de la empresa de cosméticos que lo tenía prisionero. Fue inmediatamente puesto a disposición de un asilo para simios llamado Primary Primates, donde vivió en condiciones notablemente mejores, aunque ya sus lesiones eran irreparables. El pobre tipo estaba hecho polvo, medio ciego y con su cuerpo atrofiado por la falta de espacio y movimiento. La ceguera provablemente se debiera a que le inoculaban cosméticos para testear su toxicidad... putas pijas, siempre jodiendo.


Una vez reencontrado también se realizaron los estudios con su ADN mitocondrial concluyendo que Oliver no era ni un cruce entre humano y chimpancé ni nada semejante. Tenía 48 cromosomas como el resto de sus congéneres aunque sí se descubrieron rasgos genéticos que lo hacían distinto. Era por tanto una subespecie de chimpancé de la que Oliver es su único ejemplar conocido o bien es un individuo normal con una mutación. Otra teoría es que Oliver fuera algún tipo de fósil viviente, una especie prehistórica que de alguna manera hubiera seguido viviendo en las profundidades de África sin contacto alguno con la especie humana.


Ya sabéis lo que toca dentro de un tiempecito

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