jueves, febrero 26, 2009

Gilles de Rais, asesino en serie del siglo XV


En el mundo de los seres morbosos de Internet abundan los fans de Drácula y de Erzsébet Báthory que no dejan de enumerar anécdotas repulsivas sobre dichos psicópatas. Sin embargo muchos no saben que en meridianos mucho más cercanos, concretamente en la Francia del siglo XV, hubo un ser con idéntica sed de sangre. Un día alguien tendría que hacer un estudio de por qué casi todos estos enfermos mentales pertenecen a la aristocracia y es que, al igual que los mencionados anteriormente, Gilles de Rais, el monstruo que ocupa este artículo, pertenecía a la más alta aristocracia gala.

En tiempos de la lucha francesa contra Inglaterra en la Guerra de los 100 Años, donde una campesina fanática enajenada conocida como Juana de Arco dirigió a las tropas francesas contra el ocupante, Gilles de Rais se lució por su absoluta devoción por la líder de aquel movimiento. Habría pasado, por tanto, como un héroe nacional francés si no hubiera sido por sus otras retorcidas y enfermas aficiones.

Por aquellos tiempos solía reclutar a niños y niñas de campesinos de sus tierras con la excusa de darles una vida de sirvientes de palacio donde con toda seguridad no pasarían hambre ni otras inseguridades. Tras años de haber dejado a sus hijos marchar, los campesinos comenzaron a reclamar a Gilles de Rais verlos alguna vez pero al no recibir respuestas positivas la sospecha de que algo malo habría ocurrido comenzó a extenderse. El descontento y la protesta llegó hasta tal punto que las autoridades eclesiásticas tuvieron que intervenir para saber qué estaba pasando.


Lo que descubrieron solo puede ilustrarlo la famosa confesión del propio Gilles de Rais, llevada a cavo ante el tribunal que le juzgó y ante lo cual, tras pedir un más que insuficiente perdón a los padres de sus víctimas, declaró lo siguiente:

“Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes –niños y niñas- y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos –aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto- y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados. En todas estas viles acciones yo fui la fuerza principal, aunque he de mencionar como asesinos de niños a mis primos Roger de Bricqueville y Gilles de Sillé, a mis criados Griart y Étienne Corillaut, alias Poitou, a mi otro criado Rossignol y al pequeño Robin, que desgraciadamente ha muerto. Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente. Me gustaba poner mi miembro viril en los culos de las niñas que no sabían todavía para qué servían sus otras partes. Dejé que mi semen impregnara los cuerpos de estos niños y niñas hasta cuando estaban agonizando. Éste no es el final de mis execrables crímenes. Siempre me he deleitado con la agonía y con la muerte. A aquellos niños de cuyos cuerpos abusé cuando estaban vivos, los profané una vez muertos. Después de que hubieran muerto, gozaba a menudo besándolos en los labios, mirando fijamente los rostros de los que eran más bellos y jugueteando con los miembros de los que estaban mejor formados. También abrí cruelmente los cuerpos de aquellos pobres niños o hice que los abrieran en canal a fin de poder ver lo que tenían dentro. Al hacer esto mi único motivo era mi propio placer. Codiciaba y deseaba carnalmente su inocencia y su muerte. Con frecuencia, he de confesar, y mientras esos niños estaban muriendo, yo me sentaba sobre sus estómagos y experimentaba gran placer en oír sus estertores de agonía. Me gustaba que un niño muriera debajo de mi cuerpo, u observar como uno de mis criados cometía actos de sodomía con un niño o una niña y lo mataba después. Solía reírme a carcajadas a la vista de un espectáculo así en compañía de los mencionados Corillaut y Griart. Ordenaba que Griart, Corillaut y los otros convirtieran después en cenizas los cadáveres de mis víctimas (…) Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos”.

Para más información sobre este individuo:

La wikipedia

... y el blog de Aura, donde por cierto, nos recomienda el libro de Juan Antonio Cebrián, El Mariscal de las Tinieblas, donde habla un poco más sobre cómo pudo incubarse una mente capaz de hacer esas cosas.

1 comentario:

brandelmosca dijo...

telita con el colega: a su lado Sade es un tío con gustos rarillos...

Me recuerda a esa condesa húngara que se bebía la sangre de los sirvientes y que al final fue emparedada viva o algo así...

[la he encontrado, se llamaba ERZEBETH BATHORY]