viernes, octubre 20, 2006

La Curiosa Historia del Reino de Araucania y Patagonia

A mediados y finales del siglo XIX Argentina y Chile tenían algo en común con los Estados Unidos, eran dos países americanos con enormes planicies pobladas por indígenas a los que aun no habían ni sometido ni exterminado. Mientras EEUU tenía el llamado Salvaje Oeste, Argentina y Chile tenían los inmensos territorios de la Araucanía y Patagonia (seguro que la última os suena más).


















Todo fue más o menos igual por aquellas tierras durante siglos, saqueos entre tribus indias, matanzas en nombre de Dios, alguna ciudad fundada un día y arrasada al día siguiente, esclavitud y otros crímenes en nombre del progreso, soldados arrasando aldeas, hambre, desolación y algún indígena evangelizado de cuando en cuando...vamos, lo de siempre. Nada parecía que iba a cambiar hasta que un día las profecías de los indígenas mapuches parecían hacerse realidad, un hombre blanco occidental venía a salvarles y no a darles la paliza con la Biblia como venían haciendo desde antaño.

El individuo en cuestión destinado por la providencia para tan titánica misión no fue un misionero, no fue un iluminado filántropo, no fue un solidario indigenista ni un guerrillero asmático con boina estrellada. El extraño héroe de esta historia fue Orélie Antoine de Tounens, un aventurero francés obsesionado con las novelas de aventuras. Debemos recordar que en aquellos decimonónicos años en los que este caballerete era un crio la novela romántica estaba aun en su auge y tanto los ideales nacionalistas como las evocaciones literarias a territorios lejanos y salvajes estaban a la orden del día en cada librería. Araucanía, Patagonia, Transilvania, China, e incluso España eran lugares que a muchos occidentales civilizados les traían imágenes de salvajismo y aventurillas.














En 1858 Orélie llega a la ciudad de Coquimbo, en Chile, con la única motivación de hacer negocios. Allí conoció al jefe indígena Quilapán y entre largas conversaciones a Orélie se le ocurrió la “brillante” idea de crear un Estado independiente para los mapuches, eso sí, él sería su indiscutible rey. Quilapán acepta la oferta y permite su entrada a tierras mapuches. Una vez allí se proclama rey con el nombre de Orélie Antoine I, rey de Araucanía. Posteriormente se anexionaría la Patagonia y así quedó fundado su Estado en 1860 sin reconocimiento alguno de Chile ni de Argentina. Había nacido una monarquía constitucional fundada por un aventurero loco en las tierras más indómitas y desoladas del continente sudamericano.

















Las cosas parecían no ir muy bien para el nuevo reino. Poco después de su fundación, el nuevo rey se da a conocer a sí mismo y a su reino ante las autoridades chilenas y, lógicamente, no le hacen ni caso. Sin embargo habría un momento en el que sí le prestarían bastante atención. Justo tras regresar el rey a Araucanía sube al poder un nuevo presidente chileno, José Joaquín Pérez, y a diferencia del presidente anterior, manda encarcelar a Orélie Antoine I por “perturbación del orden público”.

Por lo visto fue apresado y es declarado loco peligroso y encerrado en un manicomio. El cónsul francés lograría que se le exilie en Europa. Sin embargo esa no sería la última vez que veríamos a este hombre en acción. Tras haber intentado que el cónsul frances le apoyara éste lo tomó por desequilibrado. Tras llegar a Francia intenta que algunos empresarios europeos y el mismísimo Napoleón III le ayuden en su regreso y recuperación del trono. Seguramente hubo algún intento por parte del gobierno francés por aprovechar la popularidad de este quijotesco personaje para hacerse con aquellos territorios. Sin embargo lo que más impresiona de este individuo es la forma en que se aferró en el empeño de crear un país de la nada y donde no había prácticamente nada.

Tras su nueva expedición le vino la decepción pues parece ser que Argentina y Chile ya habían tomado cartas en el asunto con el fin de que Araucanía y Patagonia no estuvieran tan perdidas a su suerte. El destronado rey se vio de pronto incapaz de reconstruir su nuevo reino pues para empezar éste nunca dejó de ser un inmenso lugar casi inexplorado, con población escasa, con un clima bastante inhóspito, un analfabetismo brutal y unas instituciones que brillan por su ausencia. Sin embargo volvería a la carga una vez y otra. Tras esta última decidió retirarse a su Francia natal y escribir algunos libros sobre sus insólitas aventuras.

Finalmente murió el 17 de septiembre de 1878 en París. No tuvo herederos pero su amigo Gustave-Aquille Laviard se autoproclamó rey en el exilio de Araucanía y Patagonia, pidió ayuda al presidente de EEUU Stephen Grover Cleveland para liberar el reino. Por su puesto la petición fue rechazada y el antiguo y efímero reino de Araucania y Patagonia quedó en el recuerdo de unos pocos como una anécdota curiosa protagonizada por cuatro locos franceses y algunas tribus indómitas del Sur.

Los herederos de la corona de este curioso país aun reclaman ese territorio. Son un puñado de personas que hacen vida normal en Francia y que aun siguen emitiendo monedas, títulos nobiliarios y demás. Vamos, que son unos exiliados de palo.















Habrá quien vea en esto a otro pobre loco peleando contra molinos de viento, habrán otros que vean una versión franco-americana del coronel Kurtz, el militar americano que se vuelve loco y se hace con un extraño control mesiánico de una tribu camboyana en Apocalipse Now. Sin embargo la Historia demuestra que fuera un loco o no este tio fue elegido como lider de los mapuches, todo lo contrario de las otras autoridades que vinieron después, y además jamás invadió ningún territorio a sangre y fuego.

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